Cuando lo comercial invade lo alternativo (Lust Mag)

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(Artículo publicado en Lust Mag.)

CUANDO LO COMERCIAL INVADE LO ALTERNATIVO

En el pasado, la frontera entre lo alternativo y lo comercial estaba muy marcada. Cada mundo tenía su estética particular que los diferenciaba, sus miembros lucían sus señas de identidad con orgullo y el aborrecimiento entre uno y otro grupo era mutuo.

Últimamente, en cambio, esos límites se ha ido desdibujando hasta tal punto que la separación entre ambos se ha vuelto ligeramente imprecisa. Este fenómeno se originó años atrás, cuando lo mainstream comenzó a apropiarse de elementos característicos de la contracultura y a adulterarlos en el proceso para adaptarlos a paladares no habituados. Así, el desaliño, la transgresión y el estilo nerd y geek han ido imponiéndose paulatinamente en circuitos mayoritarios y sustituyendo poco a poco a una apariencia previa más convencional de lujo y popularidad.

En la actualidad (como tan acertadamente observaba Tavi Gevinson en su blog), la inmediatez que facilitan las nuevas tecnologías ha contribuido a que cualquier corriente indie que nace en la calle sea rápidamente analizada, diseccionada y absorbida por las grandes marcas, que la devuelven en forma de producto listo para ser consumido por un público amplio en su vertiente más light. Es decir, que se mantiene la apariencia pero no la filosofía que hay detrás. Es lo que se denomina coloquialmente ser un posero. Los hipsters o modernos son los reyes de la pose, pero no son los únicos.

Las biblias de la moda acatan este precepto añadiendo un “chic” al final de alguna tendencia minoritaria para bautizarla. De este modo surgen, por ejemplo, el boho-chic o el grunge-chic y famosas millonarias como Mary-Kate Olsen derrochan fortunas para vestir jerseys rotos, tejanos deshilachados y zapatillas desgastadas de firmas exclusivas, a la búsqueda de ese efecto estudiadamente descuidado. Los artículos que no son estrictamente de temporada ya no se tachan de anticuados sino que, por el contrario, se califican de vintage o retro y son el colmo de lo trendy. Igualmente, los tatuajes, los piercings y el body art en general también han ido perdiendo el estigma social que los rodeaba asociado a los ambientes marginales a los que con frecuencia estaban relegados y adquiriendo un cierto halo de glamour de la mano de las celebrities que los llevan.

No sólo se copia el look sino también la actitud. La rebeldía, la provocación y el inconformismo, por artificiales que sean, venden y ahí está la punk princess (dos conceptos, a priori, irreconciliables) Avril Lavigne para demostrarlo. La antaño tan modosa Britney Spears hace gala en su último trabajo de una conducta más descarada y desafiante, y algo similar es el caso de Shakira, cuyas letras han evolucionado hacia un tono abiertamente más agresivo en “Loca”, “Loba” o “Rabiosa”.

Se estila proyectar una imagen de alma torturada e incomprendida. La canción pseudo-punk “Welcome to my life”, en que Simple Plan se regodea en la autocompasión más impúdica, ejemplifica claramente esta postura pero sin duda es en la cultura emo, sucedáneo edulcorado y melodramático de la gótica pero despojada de profundidad, donde halla su máximo exponente.

Por otro lado, personajes como el doctor House o su burdo imitador Risto Mejide han implantado lo que se conoce como ser brutalmente honesto (que bien podría llamarse, en la línea de las grandes revistas de moda, “borde-chic”). Más de uno se ha rendido ante lo que se contempla como el súmmum de la sinceridad más cool. No obstante, la honestidad brutal es un arte que muy pocos dominan, así que hay que andarse con mucho cuidado si no se desea caer en la grosería más estrepitosa.

El rock, en su versión más descafeinada, triunfa. Camp rock, serie de la conservadora Disney Channel, catapultó a los ultrapuritanos hermanos Jonas al estrellato. Su compañera de cadena y defensora tan acérrima como ellos de la abstinencia hasta el matrimonio, Miley Cyrus, protagoniza un vídeo musical de aires oscuros donde se desmelena en una danza orgiástica al ritmo de “Can’t be tamed” (“no pueden domarme”) e incluso versiona el clásico de Nirvana “Smells like teen spirit”. En el ámbito de la perfumería, asimismo, fragancias como Rock & Rose de Valentino, Black XS de Paco Rabanne, Loud de Tommy Hilfiger o Lady Rebel de Mango se han beneficiado de este auge. La multinacional Inditex, siguiendo los dictados de las pasarelas, se ha sumado a esta fiebre y ha puesto a la venta camisetas de leyendas de la música punk como Ramones o del heavy metal como Metallica, con el acabado envejecido de rigor.

El universo nerd goza de un gran éxito a raíz de series como The big bang theory. El genio de la física Sheldon Cooper no sólo es considerado un sex-symbol, sino idolatrado por muchos, y no únicamente por los fans incondicionales de la Comic-Con. No en vano, el eslogan de la serie es “smart is the new sexy” (“inteligente es el nuevo sexy”). En Glee, una pandilla de chicos impopulares no se resignan a un papel secundario en la serie sino que, nunca mejor dicho, llevan la voz cantante. Habitualmente, los referentes geek eran personajes como Screech en Salvados por la campana o Steve Urkel en Cosas de casa y acostumbraban a ser blanco de burlas de animadoras y deportistas. Estos personajes solían escribirse para ser el hazmerreír, en tanto que ahora se escriben para reírse con ellos. Las típicas gafas de empollón/a han arrasado en lo que a moda callejera se refiere y no faltan los que se autoproclaman losers como, sin ir más lejos, la diva del country y novia de América Taylor Swift, en el videoclip de su tema “You belong with me”.

Con tanto impostor no es de extrañar que exista quien se pregunte cómo permanecer fiel a su identidad personal evitando ser confundido con uno. Hay gente que opta por abandonar todo aquello con lo que disfrutaba en cuanto algún posero lo toca. Sin embargo, llevarles la contraria sistemáticamente no es la mejor solución, por lo que es preferible resistir el impulso de distanciarse a toda costa de ellos y no permitir que la obsesión con la originalidad nos nuble el pensamiento. Al fin y al cabo, el hábito no hace al monje. Nadie puede arrebatarnos nuestra personalidad y una película, una melodía o una prenda de vestir no se contamina ni se convierte en posera por el mero hecho de que uno de ellos centre -momentáneamente- su atención en ella. Por lo tanto, no hay razón para renunciar a lo que nos gusta. Al final, lo más sensato, puesto que de una cuestión de autenticidad se trata, es ser uno mismo en todo momento.

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